Da igual

Hace algún tiempo escribí algo parecido sobre lo que me parece que ha sido la evolución de la sociedad humana. Esta vez retomo el tema aprovechándome de la metáfora del vaso medio lleno y el vaso medio vacío.

Nada ha cambiado. Todo sigue igual. Inmutable. Estático.

No hay mayor cambio que el tecnológico o lo que a punta de moral hipócrita nos han impuesto con se considera “socialmente aceptable” metido a la fuerza y sin vaselina con la ley de derechos humanos que aplica solo a los pendejos que pueden pagarselo o tienen el coeficiente intelectual para burlarse de estos.

El gran dilema con estos “placeres enfermizos” es que al volverse ilegales se convierten en un negocio, en los que mucha gente puede pagar lo suficiente por ellos o los reciben con goteros cada vez que ocurre una tragedia.

Un video snuff que algún personaje en el lugar y momento indicado logró captar con su teléfono o una handy cam y luego los viraliza entre su grupo de amigos. Bien sea por páginas como Liveleak y quién sabe que otra cantidad de medios.

Al final termina siendo ilegal, pero de acceso a todo público. Solo los grupos más elitescos tienen impunidad en la materia a la hora de conseguirlos y vivirlos en carne propia. En vivo y directo. Ellos son intocables. Reyes árabes con un harem de niñas, clubes de peleas clandestinas a muerte, salones de opio y pare usted de contar.

Cualquier clase de tabú se exhibe como stock de las clandestinas vitrinas que puedes encontrar en la deepweb o en los distritos rojos de las ciudades cosmopolitas del globo (O incluso en algunos pueblos). Es gente real. Gente que en secreto vive al margen de la ley. Gordos incapaces de usar correas a la altura del ombligo que compran una niña virgen afgana o pre adolescentes del este de Europa. Hombres que apuestan millones por ver a otro sacarle las tripas a un animal (porque al final terminan siendo eso. Solo carne desechable).

Son nuestros bajos instintos. Somos autómatas criticones que con cara de falsa indignación permitimos que el mundo siga corriendo así. Somos los autómatas e hipócritas que defienden los derechos humanos, pero que disfrutan del sufrimiento de otros con la mayor máscara de horror que nos podamos fabricar.

Y bueno, para bien o para mal, seguimos adelante aceptando lo jodidas que están las cosas. Nos tomamos nuestro placebo de celulares, computadoras, sitios nocturnos.

Justamente acá es donde entra el protagonista de la historia.

A nadie le importa el vaso. Si está medio vacío o medio lleno termina convirtiéndose realmente, en el problema de el que quiera mirarlo. Seguimos adelante porque nadie quiere llenarlo o terminar de vaciarlo.

Como siempre lo importante es seguir adelante sin el vaso. Que se quede él allí, inmóvil e inerte.

Es imperante perseguir el progreso sin mirar el paisaje. Ojos al frente, nunca en el contexto. Así como hizo Roma, así como hizo Japón, así como hizo España y su Santa Inquisición. Dejar que el vaso se siga llenando hasta arriba y cuando está a punto de derramarse, vaciarlo a la mitad y mostrarlo en televisión: “El mundo tiene problemas, pero el vaso está a la mitad”.

Perro

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Ella dio un pequeño respingo cuando tirados en la grama en la completa penumbra, metió dos nudosos dedos dentro de su vagina. La piel era rústica, pero la textura bultosa y dura de sus articulaciones disparaba corrientazos por toda su pelvis. Sus ojos se quedaban en blanco, mientras sentía sus labios dormirse por morderlos tan fuerte.

Sentía la grama en su abdomen, intensificando el cosquilleo que las yemas de los dedos de él, le hacían sentir en el útero. Cada giro, cada milímetro que se deslizaba dentro de ella la hacía tener espasmos por todo el cuerpo.

Un poco de hierba había entrado a su boca mientras intentaba esconder la cara para no gemir muy fuerte. Sus carnes se cerraban en torno a los dedos de su enamorado, como si hubiese querido atraparlos allí y no dejarlos salir jamás.

Sentía sus fluidos deslizarse suave y lentamente por el borde de uno de sus labios internos hasta depositarse en el clítoris. Estaba sumamente sensible. Podía percibir hasta el más mínimo cambio de la brisa en su entrepierna, que ardía como un volcán.

Bimbo se acercó en un par de oportunidades a curiosear, pero tampoco era demasiado relevante a su interés. Los había visto tener sexo montones de veces. En la sala, en el suelo de la sala, en la cocina, sobre el mesón de la cocina, sobre la mesa de la cocina, en las sillas de la cocina. Y no todas las noches estaba tan libre de toda libertad como aquella. Así que invirtió su tiempo en olfatear, orinar y correr por todo el lugar.

Mientras tanto, Marco y Serena disfrutaban de los beneficios del aceite cannábico.

Sus genitales tenían vida propia y no podían controlarse. Era como si la nota se hubiese transportado de su cabeza a sus respectivas entrepiernas. Estaban a punto de comenzar a tener sexo cuando Bimbo comenzó a llorar para salir al baño. Intentando sacar el mejor provecho de un desaire, tomaron la decisión que los llevaría a estar allí… Ella tirada en la tierra con el culo apuntando al cielo estrellado, detrás de los arbustos de un conjunto residencial de clase media-alta genérico de Caracas.

Antes de salir, fumaron un poco y se frotaron el aceite en los genitales “para darle tiempo que hiciera efecto. Pero justo tras cerrarse las exageradamente lentas puertas del ascensor, una diapositiva de PowerPoint comenzó a reproducirse en su cabeza. Penes. De todos los tamaños, gruesos, texturas, colores… Plantándose frente a ella muy de cerca como si fuesen a escanear su retina, tan cerca que podía sentir el calor cerca de la nariz y la frente. Penes entrando y saliendo de su cuerpo por todos sus agujeros, escupiendo su espeso líquido sobre su rostro, sus tetas, su espalda y dentro de ella.

Por su parte, la erección de Marco tentaba con salirse del pantalón. Logró esconderla sosteniendo la correa del perro delante de su entrepierna cuando los vecinos del piso 8 subieron al ascensor con ellos.

Pasear al perro acabó convirtiéndose en una aventura sexual. Ahora estaba entregado a comerle el culo a su novia. El contraste de tamaños hacían que pudiera meterse tanto el ano como los labios vaginales, completos en la boca.

Por la mente de Serena pasaba la cara de todos los antiguos amigos de sus padres que la conocían y podían verla como una puta, gimiendo al aire libre mientras la boca de su novio se perdía entre sus nalgas. Pensaba en el vecino sádico que solía tocarse el pene por encima de la ropa cuando caminaba tras de ella. Un hombre calvo y enano incluso a su lado, que habría tenido un infarto de poder verla desde su apartamento en ese momento. Con una sandalia en un pie y el otro descalzo, contorsionado pellizcando la tierra con los dedos.

Una vibración retumbaba en su vientre y se hacía eco por todo su cuerpo hasta aterrizar en su nuca, como un sonido muy agudo chocando contra un cristal.

Acabó clavando las manos en la tierra negra y fértil, sujetando un puñado de monte para anclarse al suelo mientras su cuerpo reaccionaba autónomo al contacto de su piel. Escuchaba las hojas crujir debajo de si con cada movimiento. Su clítoris y sus labios estaban siendo lamidos de arriba a abajo con un desenfreno que le excitaba más que el propio tacto.

Una ráfaga de brisa les acarició el rostro en aquella noche fogosa. A lo lejos se escuchaban las risas y las conversaciones de los vecinos metidos a sus apartamentos. Celebrando como todo viernes. Por un segundo les recordó dónde estaban, pero en lugar de desanimarse esto los excitó aún más.

Algo poseyó a Marco y acabó rasgando la falda larga y fina. Arrancó también la tanga que llevaba puesta ella y la lanzó a los arbustos. Presionó la cabeza de ella contra el piso y comenzó a embestirla con mucha firmeza en cada clavada.

Serena sentía el robusto pene de su novio abriéndose paso a través de su cavidad vaginal. Entraba lentamente, como encendiendo cada milímetro de piel con el que hacía fricción.

El ritmo iba aumentando su intensidad. Las bolas de Marco golpeaban su clítoris al compás de cada embestida. Hasta que sintió que iba a acabar. Se frenó en seco y lo sacó dejando solo unos finos hilos de fluidos conectando sus genitales.

Él se detuvo un momento a admirar los labios vaginales gruesos y rojos haciendo contraste con la piel casi transparente de ella. Su pene estaba cubierto de una mezcla del lubricante y sus fluidos. En su mente todo era turbio. La feralidad se había tomado aún más el control. Acabó lanzándose sobre ella, sometiéndola con su peso y con sus piernas acabó abriendo las de ella de par en par.

Su mano precisó su pene el cual comenzó a mover cerca del orificio de su amada, tanteándolo con la punta húmeda y caliente. Anal sorpresa… Ella hizo un gesto de intentar zafarse pero él se acercó a su oído antes de dejarla reaccionar y dijo en su voz más grave:

-Ahora mismo eres mi perra y quien decide lo que se hace soy yo.

De ipso facto, sus nalgas se relajaron y su vulva se volvió una laguna. Éste rozó nuevamente la punta de su miembro por los labios vaginales para humedecer aún más y aprovechar la entrada libre que se le estaba ofreciendo. El falo separaba las carnes, mientras éstas lo hacían desaparecer entre la tersa y blanca piel,

Acabó arrancando de un tirón la poca ropa que le quedaba, dejando al desnudo entre harapos, una amplia espalda llena de pecas y unos preciosos senos de pezones rosados. Cuando a lo lejos logró divisar un par de vecinas, amigas de mami, caminando a una docena de metros de ellos. La noche los camuflaba bien, pero los gemidos…

Casi por reflejo le llevó la mano a la boca y la cubrió. Acabó metiéndole uno de sus dedos y utilizando su quijada para jalarla hacia él con mayor potencia.

-Eres mi perra. Tu culo es mío- le dijo nuevamente mientras ahogaba sus gritos desesperados que se entrecortaba con cada espasmo, con cada penetración..Ella ya sentía todo su recto impregnado del aceite de marihuana y comenzaba a calentarse tanto como estaba su coño en aquel momento. Lo poco que podían enfocar la vista lo utilizaban para seguir con la mirada a las ancianas que poco a poco se iban alejando de ellos con sus perritos falderos.

Y entonces recordaron a Bimbo, por un ladrido estridente que soltó muy cerca de ellos. Se detuvieron, pues una de las señora había volteada, alerta del enorme golden retriever. La mujer se quedó atenta intentando divisar en la oscuridad al perro, pero no lograba ver nada. Marco seguía moviéndose muy lentamente mientras le tapaba la boca a su mujer.

El clímax se le fue subiendo al cuerpo como si entrara a una bañera repleta de agua tibia. Ambos terminaron en un orgasmo explosivo, en el que el miembro de él salió casi propulsado hacia atrás dejando tras de si una estela de semen que acabaría depositado en el pasto. Bimbo se acercó arrastrando la correa.

Ambos tirados bajo las estrellas, en la más franca complicidad se miraron y rieron.

-¿Y la ropa ahora?

-No te preocupes, conozco el disfraz perfecto -dijo él sonriendo con malicia.

Tres minutos más tarde, la ropa destrozada estaba en las manos de Marco, a excepción de la tanga que quedó atrapada en el arbusto. Mientras, Serena completamente desnuda gateaba a su lado con el collar de Bimbo atado al cuello moviendo las nalgas de un lado a otro.

Había que correr del parque al lobby del edificio sin ser detectados. Serena sentía cómo se humedecía nuevamente. Bimbo caminaba del otro lado de Marco. Independiente y señorial. Miraron a todos lados y dieron una carrera. La puerta del lobby estaba abierta. Caminaron por el recibidor vacío. El contacto con el piso frío por el aire acondicionado, hizo que sus pezones se dispararan. Iba dejando un rastro de jugos vaginales mientras pasaban. Los 20 segundos de caminata al ascensor se le hicieron eternos. El corazón se le quería escapar por la boca. En cualquier momento podía aparecer alguien.

Todo estaba saliendo bien, Llegaron al ascensor, que esperaba por ellos. Debían subir hasta el piso 11.

La mente de Serena estaba en estática, intentando procesar la excitación, la degradación y la sumisión total y rotunda al pene más delicioso que hubiera probado en su vida. Pene que se volteó a mirar y se quedó atrapada en una mirada con su amante que solo decía: Pobrecita tú. Acto seguido presionó los botones de todos los pisos desde la planta baja hasta su piso.

Entradas las 10 de la noche no era común ver vecinos, pero un sábado cualquier cosa podía pasar. Los jóvenes saliendo a fiestas y los viejos reuniéndose con amigos y familia en sus apartamentos.

Marco se estaba carcajeando hasta que en el piso 4 unas llaves y una puerta comenzaron a sonar.

Las puertas del ascensor de abrieron de par en par y las llaves seguían retumbando.

-¡Deténganlo un momento, por favor! ¡No consigo la llave de la reja! -retumbó la voz por el pasillo. Desesperadamente comenzó a presionar el botón para cerrar las puertas pero se tomaban toda una eternidad. Cuando finalmente lo hicieron y emprendió la marcha escuchó al hombre maldecir y presionar casi tan frenéticamente el botón como lo hizo él.

Ahora era él quien volteaba a mirar a su novia.

Ahora era ella quien tenía una sonrisa en el rostro.

El ascensor se detuvo en el piso 5. Se levantó del piso y lo miró a los ojos.

-Te asustaste -dijo- Perdiste los nervios. Marco tragó fuerte.

Cuando finalmente el ascensor se detuvo en el piso 11, él llevaba la correa de perro y ella la ropa.

La noche apenas estaba comenzando.

Cartas a Liz III

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Siempre vimos la ciudad desde encima.

Abstraidos en el amor;

Disfrutando voraces de la buena compañía,

de los frutos del hedonismo,

de la lascividad del humo espeso.

Aún creyéndonos permanentes

demembrando el tiempo entre beso y beso

Inmunes del pasar de los minutos

y con la ciudad a los pies.

¿Qué pasará mañana?

¿Nos revolcará el asfalto o nos escupirá la montaña?

¿Nos llorará encima el cielo?

Poco importa.

Yo solo quiero desmembrar el tiempo,

sumergirme en el humo espeso,

mirar la ciudad desde encima.

Pero siempre contigo.

Lo único entrañable son la ciudad y tú.

La crisis del periodismo venezolano

El olfato periodístico no es una habilidad extransensorial o una lucidez momentánea (que aunque si lo tienes, puede complementarte). Es el conocimiento extenso y una curiosidad que no te permite estar quieto un momento. El periodista debería ser lo que denominan los angloparlantes como “Jack of all trades, master of none” o “Maestro Liendre, que de todo sabe y de nada entiende”.
No quiero parecer engreído al criticar profundamente a colegas que estuvieron conmigo en la universidad, que se preocuparon en las “materias filtro” y dejar en un segundo plano “las materias de relleno”, y lo pongo entre comillas porque justamente son las materias de relleno las que te pueden dar realmente una calidad periodística cuando de contenido se trata, pero este es un error fatal. ¿Que la forma es importante? Sí, lo es. Pero realmente muchísimos de los grandes periodistas que hoy en día son hitos del oficio a nivel nacional, tenían errores ortográficos. Aunque uno siempre tiene que tratar de hacer lo mejor posible, siempre está la figura del editor para respaldar. Más importante es el jugo, el contenido tangible del texto.
Se nos repitió incansables veces que el deber del periodista es informar, educar, entretener y fiscalizar. Pero no paro de ver periodistas a los que acostumbro a denominar como “periodistas de plantilla”. Insisto, no quiero sonar arrogante, pero creo que esto es uno de los grandes problemas del gremio.
Un periodista de plantilla es aquel que desarrolla un modelo de escribir sumamente plano, que fácilmente pudiera ser la misma nota escrita momentos o días antes, solo que con datos distintos. No se adorna con una que otra figura literaria creativa o de información extra que le permita al lector comprender un poco mejor el contexto, o que genere una comparativa de situaciones que acontecieron mucho antes en el ámbito en el cual se desarrolla el tema.
Para esto hay que estudiar. Y estudiar no consiste únicamente en leer textos académicos destacados o hacer quince post-grados en el exterior. No. Es llevar el estudio a la cotidianidad. Si no sabes algo investígalo, documéntate al respecto aunque no tenga absolutamente nada que ver con la fuente que manejas o para rellenar una nota. Los mejores periodistas son los viejos y como dice el dicho, más por viejo que por diablo. La cantidad de información recabada en tantos años de experiencia, la cantidad de textos leídos, te redireccionan automáticamente a anécdotas que puedes utilizar para tus trabajos o de pistas para desenrollar un nudo gordiano.
Es ahí justamente donde se supone que entran las materias “de relleno”. Nosotros trabajamos con información y con conocimiento. Es nuestra materia prima. A algunos les parecen innecesarias cinco tipos de historia y de profesor a profesor, la calidad de la enseñanza y el interés que le ponga el alumno varía. Pero se supone que nosotros nos formamos para echar cuentos. No me cabe en la cabeza el modelo plantilla de la pirámide invertida. La misma nota repetida una y otra y otra vez. No estás “echando un cuento”. Estás escupiendo datos. Eso, en mi subjetividad, no es periodismo.
El olfato periodístico es tener una cantidad absurda de conocimientos que te permitan entrelazarlos entre sí. Se trata de tener una vista panorámica de la situación.
El “Jack of all trades” tiene su homónimo en español: Un océano de conocimiento de una pulgada de profundidad. Mientras estés alerta de esto, no hay de qué preocuparse porque puede investigarse, pero primero tienes que estar consciente que la información existe para poder hacerlo.
Insisto, no soy un académico. Realmente en este momento ni siquiera tengo mi título en la mano, pero creo que la falta de cultura general es prácticamente lo mismo que un cerco mediático. Nos limita a informar muy poco y generalmente toda la información es la misma que la que da el tubazo con ligeros cambios y agregados.
Esto solo tiene una solución: leer todo y de todo. No conformarte con repetir los datos de otro. Meterte a Wikipedia y dedicarle un par de horas a revisar artículos aleatorios. Leer las fuentes “que no te interesan” (economía casi siempre se lleva el premio por su densidad). El olfato periodístico, a mi manera de verlo, no es un don innato. Es el resultado de una costumbre.

Cartas a Liz I

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Juro he oído

la elocución inspiradora sin sonreír

y tampoco enarco a mis ojos demostrando emoción latente.

Aunque figure oprobios recurrentes

mi alma muere al sopesar perderte.

Urdo realzar a este remitente,

en sinfines modos indecentes.

Mendigando un sueño ambivalente,

fantasioso aunque verdadero,

onírico, real, idóneo,

también ausente.

Febrero, 2017

Mar tormento

mar playa costa bahia oceano

Mar que nace,

mar que crece,

mar que muere.

Buscas la vida

y pereces

trazas estela en huída.

Veinte leguas mar adentro

existe un eterno lamento

de mil barcos sin salida.

Frío lecho turbulento

cementerio y purgamiento,

granja de tormenta y viento.

El mar que quita y da vida.

Agosto 2010

Rostros de la Introspección IV

I

Todo se volvió negro y rojo.

– Voy a reposar un rato -dijo, mientras se acostaba sobre un sofá de tela escocesa salpicado de sangre.

Cerraba los ojos y sentía cómo mil agujas le perforaban la sien. Tenía la sensación de haber pasado medio día bajo un sol inclemente. Insolado y aturdido. Los párpados pesaban tanto como las ojeras.

Un charco escarlata había comenzado a escurrirse por debajo de la bota que tenía fuera del mueble.

– La cagué. Mi primera cagada de proporciones tan descomunales que ni siquiera vale la pena correr. Los vecinos deben haber escuchado los gritos de los niños. Deben haber escuchado el disparo. Ya deben haber llamado a la policía. Ya deben estar en camino. O cruzando la manzana. Voy a dar a una cárcel venezolana. Maté a dos niños -pensaba para si, mientras la respiración se le iba acelerando y le volvían los sentidos uno a uno. Poco a poco. -ya estoy muerto. Me van a violar. Me van a picar en pedazos mientras todavía estoy vivo.

Las lágrimas comenzaban a brotar en los ojos desorbitados.

– Maté a mis hijos. Maté a mis niños. Mis bebés. Dios mío ¿qué hice?¿por qué?¿por qué hice esto?

La mano se movió sola. También el brazo. El metal le mordía la lengua. El dedo, autómata, jaló el gatillo.

II

Augusto no era mal parecido. Tampoco demasiado antipático, pero un papá abusivo y una adolescencia cargada de alcohol se encargaron de cambiar eso. Despreciaba la vida, su cobardía, la desilusión de una madre que abandonó el hogar y el alcoholismo heredado de su único ejemplo a seguir, lo habían arrastrado a una depresión crónica que no lo dejaba mantener un trabajo por mucho tiempo. Aunque tampoco le quitó nunca el sueño ser alguien.

Aún así, no era mal parecido y las mujeres se le acercaban. Cuando estaba en el clímax de la borrachera aprovechaba para llevarse a la cama a cualquier que no lo conociera lo suficiente para comprender sus impulsos repentinos de mandar todo a la mierda después de descargar el peso de las bolas.

Fue así que conoció a Julia que en parte fue alegría. Hasta que un día, quizás huyendo de él o de la responsabilidad de ser madre lo dejó peor que como estaba y con dos crías a cuestas.

El fantasma que su padre dejó en su cabeza que le iluminaba el mismo camino que el difunto había transitado. Padre soltero golpeador, que no demostraba amor y bebía mucho.

– Bip, bip, bip -sonaba la máquina. Por segunda vez recuperaba los sentidos. Podía escuchar el trajín del hospital.

III

– Señor Ojeda, soy el doctor Moncada. Su cirugía fue delicada. Logramos recuperar la mayor parte del aparato respiratorio. Sin embargo, la faringe quedó lesionada, así como las cuerdas vocales.

Los ojos de Augusto se paseaban lentamente de un lado a otro a través de la habitación. Escuchaba en la distancia al médico.

– ¿Puede recordar algo de lo que pasó? Asienta con la cabeza si recuerda.

– ¿Puede recordar que mató a sus hijos?¿Puede recordar que intentó suicidarse? -quiso decirle al médico, mientras movía la cabeza arriba y abajo- Sea hombre y dígalo.

Pero solo logró soltar un gruñido ahogado.

– No intente hablar, señor. Tuvimos que remover la mandíbula inferior. Hay algo más. La bala salió por la parte posterior del cuello causándole una lesión a su columna vertebral. La mandíbula podemos reconstruirla. Pero de igual manera no podrá sobrevivir solo. Su cuerpo quedó totalmente paralizado desde la zona abdominal hasta los pies. Los nervios de sus extremidades superiores están parcialmente lesionados. Es mejor que descanse. En algún momento, pronto, le informaré sobre el avance de su recuperación y qué hemos decidido. De momento se encuentra estable. Estuvo en coma durante doce días.

Suficiente tiempo para revivir la amarga retrospectiva de su vida.

IV

– Morir de depresión es fácil y difícil a la vez, porque hay días malos y días buenos. Toma un montón de tiempo. Vas perdiendo el sueño y el apetito. Te vas dejando a ti mismo en el letargo de la tristeza. No quieres nada y nada te importa. Solo un montón de pensamientos recurrentes que te quitan el aliento y te hacen apretar la mandíbula. O el intento de mandíbula. ¿Y qué más puedo hacer? Escapé de mi prisión de cristal para entrar en una de paredes blancas… En una de huesos y carne flácida -pensaba Augusto mientras reposaba tendido en la cama. Acababa de despertar y sentía exactamente el mismo mal sabor como si hubiese acabado de salir del coma.

Habían pasado seis meses desde que el doctor le propuso el inusual trato y fue ingresado al hospital-escuela.

– Yo lo desprecio, Ojeda. A usted y a la gente como usted en la que se desperdicia tiempo, recursos y esfuerzos, cuando se encargó de acabar con la vida de otros. De haber podido lo hubiese dejado morir, pero eso no me habría hecho mejor que un asesino como usted. Mi amigo, el doctor Quijada, está dirigiendo un “proyecto” con sus alumnos más brillantes, para estudiar casos de pacientes que han sufrido traumatismos como el suyo. Además de otras… “cualidades” -puntuó con los dedos y una mirada de ironía.

– ¿De asesinos?¿de lisiados?¿de alcohólicos? o ¿de despojos? -quiso preguntar.

– El trato es el siguiente: se dejará tratar por ellos el tiempo que sea necesario y a cambio, será tratado en el hospital-escuela para su reconstrucción maxilofacial. Con algo de suerte podrá recuperar la capacidad de comer por su cuenta, desplazarse en una silla de ruedas y sanar el terrible alcoholismo que sufre. O puede rechazar la oferta, le reconstruimos la cara acá y lo enviamos directo a su casa a morirse de hambre en cuanto termine la cirugía. Haga algo bueno. Puede ayudar a la ciencia o morir miserablemente. Dejaré que piense. Igual no tiene familia que lo esté esperando para atenderlo, ¿verdad?

– Realmente no había nada que pensar -pensó. Arrastro el dorso de su inmóvil mano izquierda por un costado de la boca, secándose un hilo de saliva que se escurría con regularidad. Moncada nunca mencionó que serían estudiantes los encargados de su reconstrucción maxilofacial. Le haría gracia, al hijo de puta.

La operación no quedó ni bien, ni mal. Ahora solo tenía una mueca de barbilla que cada tanto se caía de un costado dejando una comisura abierta por donde se escapaba la saliva. Solo podía ingerir líquidos y pastillas, no podían lavarle la boca sin que le ardieran las encías o sin tragarse el dentífrico. Era una podredumbre que las enfermeras tenían que limpiar cada tanto para evitar la proliferación de bacterias, pero que a pesar de todo, él prefería evitar.

Y entonces estaban las labores de aseo. Eran vergonzosas.

Más vergonzosas que comprar alcohol a las diez de la mañana con un niño de seis años esperándolo en el carro.

Pero no tan vergonzoso como las miradas y los cuchicheos de las enfermeras novatas. “El mató a sus dos hijos e intentó suicidarse”, “es el experimento del ala de psiquiatría”. Creía que los demás creían que no poder hablar implicaba no poder escuchar. Luego comprendió que a nadie le importaba si escuchaba.

Para asearlo lo desnudaban. El constante goteo de saliva sobre su ropa hacía que pasara todo el día apestando a sábanas sucias. Tampoco controlaba el esfínter. Tenían que cambiarle el pañal cada seis horas, pero no siempre era así. A veces, las enfermeras menos experimentadas desconocían lo débiles que eran sus brazos por lo que se terminaba cayendo sobre sus propias heces cuando intentaba levantarse para que sacaran el pañal.

Eso era lo que había quedado de él tras el choque de locomotoras entre su ceguera de ira y la realidad. Una mente relativamente intacta, prisionera en un cuerpo siniestrado.

Un reloj de péndulo sonó como todos los días. Ocho de la mañana, hora de levantarse. Hora de las pastillas.

Con tantos sedantes, hoy era un día difícil para morir de depresión.

V

Cuando tienes un cuerpo tan deteriorado que ni siquiera lo puedes mover, lo único que realmente puedes hacer es pensar. Contemplar la vida pasada pasar. Pensar en los bebés y sus lindas caras.

Sobrio podía darse cuenta que Augustico había asumido el rol de padre y madre de su hermano pequeño. Que era buen mozo. Se parecía a él de pequeño. Y Miguel, no había maldad en esa criatura. El niño más dulce que haya existido.

No se merecían los padres que tuvieron.

Estaba agotado de pensar en ellos. Los sedantes le daban la calma que necesitaba pero su cuerpo se hacía resistente. Era como estar muerto en vida. Pero cada vez menos aletargado.

Lo reconfortaba un poco saber que los niños estaban en paz ahora. Los salvó de convertirse en lo que él fue, o lo que fue su padre antes que él. Aún así estaba consciente que esto era un autoengaño. Un mecanismo que utilizaba su cerebro para aliviar la culpa. Igual, todavía debía pagar por la brutal manera en que lo hizo. Todavía tenía que ser el experimento del ala psiquiátrica y tomar todo lo que Quijada y sus esbirros le dieran a tragar a voluntad o en contra. Todavía tenía que seleccionar tarjetas entre un grupo y una vez a la semana conectar su cerebro a una máquina que diría qué tan loco se estaba volviendo mientras estaba abandonado consigo mismo.

Era su tiempo en cana.

Como todo prisionero pensaba en la libertad. La libertad de la muerte en particular. Quizás debió haber rechazado el trato. Quizás no debió haber hecho lo mejor para la humanidad sino para si mismo.

¿Qué otra libertad podía esperar?

Poco a poco ayudaba al viento a deshojar los árboles con la mirada. La ventana se había convertido en su mejor amiga. El sanatorio estaba rodeado por una pradera verde esmeralda, con uno que otro árbol a la distancia. Se podían ver las nubes hasta más allá del horizonte.

Sus piernas nunca volvieron a funcionar, su alma nunca podría sanar. Solo le quedaba la contemplación, las decisiones que ya no podía tomar y nada más.

VI

El reloj sobre la mesita de noche marcaba las cinco de la tarde. Los sedantes habían cedido casi completamente.

Vio una bandada de clarineros despegar el vuelo puntualmente como todas las tardes en busca de refugio. ¿Cómo podían saber ellos la hora con tal precisión?¿Tenían un timbre de salida? Había terminado la jornada y debían dormir doce horas para seguir al otro día en su incansable labor de revolotear los campos del sanatorio. Buscando ramas y palitos; gusanos y cucarachas.

¿Qué clarinero era él? El clarinero que perdió sus alas, seguramente. Ese que yacía en el suelo esperando la muerte y la descomposición y las hormigas y los gusanos. Cuando muriera no quedaría el recuerdo de sus plumas. Las barrería el viento y la lluvia cuando el resto del ecosistema se hubiese saciado de lo poco que le quedaba para ofrecer.

A menos que otro clarinero se encargara de regurgitarle la comida y cambiarle el pañal.

La libertad, la verdadera libertad, es no depender de nadie para nada. Ser autosuficiente. Plantar cara ante la vida, ante la gente que uno ama. -pensó mientras dejaba escapar algo parecido a un suspiro.

Todos somos esclavos. Le pertenecemos en proporciones minúsculas a los demás. En el caso de un empleado; éste vende su tiempo, habilidades y esfuerzo a su empleador. Pero también intercambia ese tiempo con el dueño del abasto en el que compra su comida. Con el casero, que le alquila la vivienda, el transportista que lo lleva a destino. A todos con los que intercambia dinero, que a su vez, se convierten en dueños y esclavos de otras personas.

En esta estafa en la que todos están de acuerdo, todos somos esclavos. Voluntarios, inconscientes, vacuos. Pero esclavos al fin. Cambiamos nuestro tiempo de vida, por papel, para que la estafa siga funcionando.

El reino de los números y el papel impreso que da garantía que ya te vendiste a alguien. Que estás colaborando con el juego.

Y ¿para qué rebelarse?¿acaso hay alternativa?¿hay forma de patear la mesa y que todo el tablero de monopolio se vaya a la mierda?

Desde pequeños se esclaviza al niño aceptando la religión de nuestros padres para corromper el espíritu y la irracional inocencia del amor. Adoptamos la nacionalidad del lugar donde nacimos para que podamos ser castigados en caso de hacer algo malo, para tener un código de barras o un número de serie, para poder colgarte etiquetas al cuello que te identifiquen vayas a donde vayas, para ser marcado como el ganado. Sin que nadie pregunte, sin que nadie consulte porque está sobreentendido que así es como se hacen las cosas y así es como debe ser.

Eso es algo que ya no tendrían que sufrir mis hijos -pensó cínicamente.

Con la excusa de educarlos se les inculca desde pequeños que deben prepararse. Como a los borregos que se les desteta para que la madre pueda producir leche y ellos, en un futuro, para ser sacrificados en el nombre del papel moneda, del status quo, de la ciencia, del buen vivir, de hombres como Moncada y Quijada. En el nombre de todo lo que significa nuestra sociedad hoy en día.

A los niños no se les educa para ser mejores seres humanos. Para saber manejar el daño que puedan hacerle los padres alcoholicos. No se les enseña a ser útiles al prójimo, a la familia, a los amigos. Se les educa para ser funcionales al sistema, a la estafa. No al universo de ecosistema que nos rodea, sino a la jerarquía que imponen los hombres.

Aún después de estar muerto en vida, seguía esclavo. ¿Y es que acaso cualquier esclavo, realmente vive?

Medicado pasaba largos ratos vacío. Siendo alimentado con drogas de prescripción. Con los granjeros visitándolo a las ocho de la mañana, colocándole la vacuna contra la culpa filicida, cargándole la comida con vitaminas para soportar el peso de una mente activa en un cuerpo destazado.

Pero aún así era mejor que sufrir la rabia del alcohol.

Fuera de la borrascosa prisión de cristal, se estaba reconciliando con la consciencia. Algo que no había experimentado desde niño, ni en sus pocos ratos lúcido.

Aún prisionero, estaba bien estar allí. Vendiéndose para el prójimo. Sabiendo que su inacción era la mejor acción. Valía algo. Pero también entendía un poco más su vida.

Tras una larga meditación al respecto fue cuando decidió…

– ¡Doctor, DOCTOR! -comenzó a llamar la interna que lo estaba cuidando, tras ver los gestos desesperados del que no puede hablar- ¡Doctor, está convulsionando! -gritaba mientras corría por el pasillo.

VII

– Laura salió del programa -dijo Quijada con ojos de víbora, mientras limpiaba sus lentes con un trapo- Tú eres importante para nosotros, Augusto. Eres como un milagro del que estamos renuentes a renunciar. No puedo confiarle mi paciente más importante a una interna que no puede distinguir la desesperación de un hombre, de un ataque convulsivo. Un error así pudo haberte causado la muerte. Estás estable pero tu situación sigue siendo delicada -hizo una breve pausa para volver a colocarse los lentes- Entiendo que quieres comunicarte, pero con ese esfuerzo que hiciste pudiste haber perjudicado tu respiración a través del traqueostomo. Te traje un regalo.

Quijada dejó reposar sobre sus piernas un portátil.

  • Es un ordenador. Podrás escribir todo lo que quieras. Difícilmente podrías sostener apropiadamente un bolígrafo.

El cursor parpadeaba incansablemente sobre una pantalla en blanco. Como invitándolo a bailar con él.

Pasaron dos días con sus noches. La pantalla seguía en blanco.

Escribía y borraba.

Las palabras se arremolinaban en su mente. Para él nunca había sido tan importante transmitir lo que realmente quería decir de manera tan precisa, desde que intentó emitir sonidos con su inexistente voz. Todo debía ser perfecto, en el correcto orden.

Para la tercera noche, hubo terminado.

VIII

Heme aquí, en mi purgatorio. Preso en mi propio vehículo. Verdugo de mi propio martirio. Por ser quien fui, quedó esto como condena. No soy mejor hombre, no soy mejor padre, no soy un luchador. Solo un reo.

Pero toda historia debe tener una conclusión. Espero que la mía sea una fábula. No contra el alcohol o las adicciones, como le gustaría a la prensa. No contra la rabia y el mal manejo de las emociones como le gustaría a ustedes, loqueros. Sino contra el odio a uno mismo. Al rencor sembrado contra la propia existencia.

Hoy me atrevo a confesar que odié por ratos a mi hijo por ser mi reflejo en la infancia. El odio enceguecido a lo que uno se imagina que es, puede acabar con lo que más amas. Odiaba ser el niño que se dejaba maltratar por el papá. El que no respondía ni se defendía del maltrato. Amo a mis hijos, pero odiaba verme en ellos.

Mi moraleja trata sobre el amor propio, sobre el amor a los demás. Sobre la autoconsciencia. Sobre nuestra capacidad de obsequiarnos la libertad. Libertad de pensar, querer, perdonar, decidir. De valerse por uno mismo. De rebelarse contra los tiranos internos, contra los vicios del espíritu.

Cada quien es capaz de tomar las riendas de su vida. Esta, mi tragedia, no lo es más porque puedo perdonar al niño que fui por convertirse en el hombre que era y dejarme en el estado de ser una mente despojada de cuerpo, familia y libertad. Se me dio la oportunidad de comprender la verdad antes de que llegara el final.

Hoy retomo lo único que puedo retomar: Mi libertad de elegir.

Me voy feliz, Doctor Quijada. Déjeme morir, que no pienso cooperar más.

Augusto Ojeda”

IX

Morir de depresión no es fácil. Morir de paz, es otro cuento.

 

 

Noviembre 2016

Cicatriz

14729318_10211188987939349_6596506741658140215_nTengo una cicatriz en el rostro, para que te acuerdes de mí. Tengo una cicatriz en el rostro para que cuando intente ocultarla, tenga que ocultarme entero, tendré que desaparecer mi cara. No podré mirarte a los ojos. Llevo una cicatriz en la cara porque forma parte de mí y ningún hombre puede desamparar su pasado.

 

Agosto 2012

La madrugada.

madrugada

 

La madrugada fue mi novia y nos dejamos.

Porque yo debía crecer y ella besar otros labios.

La madrugada fue mi vida

y la extraño

con su armonioso silencio

y sus brazos de rocío.

La madrugada me extraña

y yo la extraño a ella.

Hacíamos el amor hasta el alba

entonces yo me tomaba un café

y ella se debía marchar.

A visitar otros parajes

A inspirar a otros amantes

que también le compondrían unos versos.